Malleus Maleficarum

El Martillo de Brujas
El texto escrito por Carl Sagan cuenta los orígenes del Malleus Maleficarum y sus terribles consecuencias en toda Europa y posteriormente en Estados Unidos, llevadas a cabo por la iglesia católica y protestante.
La obsesión con los demonios empezó a alcanzar su cenit cuando, en su famosa Bula de 1484, el papa Inocencio VIII declaró:
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“Ha llegado a nuestros oídos que miembros de ambos sexos no evitan la relación con ángeles malos, íncubos y súcubo, y que, mediante sus brujerías, conjuros y hechizos sofocan, extinguen y echan a perder los alumbramientos de las mujeres”.
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Además de generar otras muchas calamidades. Con esta bula, Inocencio inició la acusación, tortura y ejecución sistemática de incontables “brujas” de toda Europa. Eran culpables de lo que Agustín había descrito como “una asociación criminal del mundo oculto”. A pesar del imparcial “miembros de ambos sexos” del lenguaje de la bula, las perseguidas eran principalmente mujeres jóvenes y adultas.
Ser bruja era la peor acusación que podía caer en una mujer, puesto que significaba que practicaba el infanticidio caníbal, que bailaba desnuda, que practicaba el sexo promiscuo. Significaba ser parte de las pesadillas de la sociedad.
Muchos protestantes importantes de los siglos siguientes, a pesar de sus diferencias con la Iglesia católica, adoptaron puntos de vista casi idénticos. Incluso humanistas como Desiderio Erasmo y Tomás Moro creían en brujas. “Abandonar la brujería – decía John Wesley, el fundador del metodismo- es como abandonar la Biblia.” William Blackstone, el célebre jurista, en sus Comentarios sobre las leyes de Inglaterra (1765), afirmó:
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“Negar la posibilidad, es más, la existencia real de la brujería y la hechicería equivale a contradecir llanamente el mundo revelado por Dios en varios pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento”.

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El papa nombró a Kramer y Sprenger para que escribieran un estudio completo utilizando toda la artillería académica de finales del siglo XV. Con citas exhaustivas de las Escrituras y de eruditos antiguos y modernos, produjeron el Malleus Maleficarum, “Martillo de Brujas”, descrito con razón como uno de los documentos más aterradores de la historia humana.
La demonología que el Malleus Maleficarum contenía presuntamente servía para identificar los poderes de brujas y brujos, sus vínculos con el diablo y las relaciones sexuales de las brujas con los incubos y de los brujos con los sucubos. La obra maldita de los frailes dominicos adquirió prestigio como un vehículo para desvelar las representaciones terrestres del príncipe de las tinieblas. Pese a que la idea de este manual fue bendecida por la iglesia católica, lo cierto es que también fue fervorosamente abrazado por la contraparte protestante y posteriormente cultivada con especial ahínco durante la Contrarreforma.
Lo que el Malleus venía a decir, prácticamente, era que, si a una mujer la acusan de brujería, es que es bruja. La tortura es un medio infalible para demostrar la validez de la acusación. El acusado no tiene derechos. No tiene oportunidad de enfrentarse a los acusadores. Se presta poca atención a la posibilidad de que las acusaciones puedan hacerse con propósitos impíos: celos, por ejemplo, o venganza, o la avaricia de los inquisidores que rutinariamente confiscaban las propiedades de los acusados para su propio uso y disfrute. Su manual técnico para torturadores también incluye métodos de castigo diseñados para liberar los demonios del cuerpo de la víctima antes de que el proceso la mate. Con el malleus en mano, con la garantía del aliento del papa, empezaron a surgir inquisidores por toda Europa.
Rápidamente se convirtió en un provechoso fraude. Todos los costes de la investigación, juicio y ejecución recaían sobre los acusados o sus familias; hasta las dietas de los detectives privados contratados para espiar a la bruja potencial, el vino para los centinelas, los banquetes para los jueces, los gastos de viaje de un mensajero enviado a buscar a un torturador más experimentado a otra ciudad, y los haces de leña, el alquitrán y la cuerda del verdugo. Además, cada miembro del tribunal tenía una gratificación por bruja quemada. El resto de las propiedades de la bruja condenada, si las había, se dividían entre la Iglesia y el Estado. A medida que se institucionalizaban estos asesinatos y robos masivos y se sancionaban legal y moralmente, iba surgiendo una inmensa burocracia para servirla y la atención se fue ampliando desde las brujas y viejas pobres hasta la clase media y acaudalada de ambos sexos.
Cuantas más confesiones de brujería se conseguían bajo tortura, más difícil era sostener que todo el asunto era pura fantasía. Como a cada “bruja” se la obligaba a implicitar a algunas más, los números crecían exponencialmente. Constituían “pruebas temibles de que el diablo sigue vivo“, como se dijo más tarde en América en los juicios de Brujas de Salem. En una era de credulidad, se aceptaba tranquilamente el testimonio más fantástico: que decenas de miles de brujas se habían reunido para celebrar un aquelarre en las plazas públicas de Francia, y que el cielo se había oscurecido cuando doce mil de ellas se echaron a volar hacia Terranova. En la Biblia se aconsejaba:”no dejarás que viva una bruja”.
En Gran Bretaña se contrató a buscadores de brujas, también llamados “punzadores“, que recibían una buena gratificación por cada chica o mujer que entregaban para su ejecución. No tenían ningún aliciente para ser cautos en sus acusaciones. Solían buscar “marcas del diablo” -cicatrices, manchas de nacimiento o nevi- que, al pincharlas con una aguja, no producían dolor ni sangraban. Una simple inclinación de la mano solía producir la impresión de que la aguja penetraba profundamente en la carne de la bruja. Cuando no había marcas visibles, bastaba con las “marcas invisibles“. En las galeras, un punzador de mediados del siglo XVII “confesó que había causado la muerte de más de doscientas veinte mujeres en Inglaterra y Escocia por el beneficio de veinte chelines la pieza“.

En los juicios de brujas no se admitían pruebas atenuantes o testigos de la defensa. En todo caso, era casi imposible para las brujas acusadas presentar buenas coartadas; las normas de las pruebas tenían un carácter especial. Por ejemplo, en más de un caso el marido atestiguó que su esposa estaba durmiendo en sus brazos en el preciso instante en que la acusaban de estar retozando con el diablo en un aquelarre de brujas; pero el arzobispo, pacientemente, explicó que un demonio había ocupado el lugar de la esposa. Los maridos no debían pensar que sus poderes de percepción podían exceder los poderes de engaño de Satanás. Las mujeres jóvenes y bellas eran enviadas forzosamente a la hoguera.
Los elementos eróticos y misóginos eran fuertes, como puede esperarse de una sociedad reprimida sexualmente, dominada por varones, con inquisidores procedentes de la clase de los curas, nominalmente célibes. En los juicios se prestaba atención minuciosa a la calidad y cantidad de los orgasmos en las supuestas copulaciones de las acusadas con demonios o el diablo y a la naturaleza del “miembro” del diablo (frío, según todos los informes). Las “marcas del diablo” se encontraban “generalmente en los pechos o partes íntimas”, según el libro de 1700 de Ludovico Sinistrani. Como resultado, los inquisidores, exclusivamente varones, afeitaban el vello púbico de las acusadas y les inspeccionaban cuidadosamente los genitales. En la inmolación de la joven Juana de Arco a los veinte años, tras habérsele incendiado el vestido, el verdugo de Ruán apagó las llamas para que los espectadores pudieran ver “todos los secretos que puede o debe haber en una mujer”.
En Wurzburgo, Alemania, en un solo año hubo veintiocho inmolaciones públicas, con cuatro a seis víctimas de promedio en cada una de ellas, en esta pequeña ciudad. Era un microcosmos de lo que ocurría en toda Europa. Nadie sabe cuantos fueron ejecutados en total: quizá cientos de miles, quizá millones. Los responsables de la persecución, tortura, juicio, quema y justificación actuaban desinteresadamente. Sólo había que preguntárselo.
No se podían equivocar. Las confesiones de brujería no podían basarse en alucinaciones, por ejemplo, o en intentos desesperados de satisfacer a los inquisidores y detener la tortura. En este caso, explicaba el juez de brujas Pierre de Lancre (en su libro de 1612, Descripción de la inconstancia de los ángeles malos), la Iglesia Católica estaría cometiendo un gran crimen por quemar brujas. En consecuencia, los que plantean estas posibilidades atacan a la Iglesia y cometen ipso facto un pecado mortal. Se castigaba a los críticos de las quemas de brujas y, en algunos casos, también ellos morían en la hoguera. Los inquisidores y torturadores realizaban el trabajo de Dios. Estaban salvando almas, aniquilando a los demonios.
Desde luego, la brujería no era la única ofensa merecedora de tortura y quema en la hoguera. La herejía era un delito más grave todavía, y tanto católicos como protestantes la castigaban sin piedad. En el siglo XVI, el erudito William Tyndale cometió la temeridad de pensar en traducir en Nuevo Testamento al inglés. Pero, si la gente podía leer la Biblia en su propio idioma en lugar de hacerlo en latín, se podría formar sus propios puntos de vista religiosos independientes. Podrían pensar en establecer una línea privada con Dios sin intermediarios. Era un desafío para la seguridad del trabajo de los curas católicos romanos. Cuando Tyndale intentó publicar su traducción, le acosaron y persiguieron por toda Europa. Finalmente le detuvieron, le pasaron a garrote y después, por añadidura, le quemaron en la hoguera. A continuación, un grupo de pelotones armados fue casa por casa en busca de ejemplares de su Nuevo Testamento (que un siglo después sirvió de base de la exquisita traducción inglesa del rey Jacobo). Eran cristianos que defendían piadosamente en cristianismo impidiendo que otros cristianos conocieran las palabras de Cristo. Con esta disposición mental, este clima de convencimiento absoluto de que la recompensa del conocimiento era la tortura y la muerte, era difícil ayudar a los acusados de brujería.
La quema de brujas es una característica de la civilización occidental que, con alguna excepción política ocasional, declinó a partir del siglo XVI. En la última ejecución judicial de brujas en Inglaterra se colgó a una mujer y a su hija de nueve años. Su crimen fue provocar una tormenta por haberse quitado las medias.
En nuestra época es normal encontrar brujas y diablos en los cuentos infantiles, la Iglesia católica y otras Iglesias siguen practicando exorcismos de demonios y los defensores de algún culto todavía denuncian como brujería las prácticas rituales de otro. Todavía usamos la palabra “pandemónium” (literalmente, todos los demonios). Todavía se califica de demoníaca a una persona enloquecida o violenta. (Hasta el siglo XVIII no dejó de considerarse la enfermedad mental en general como adscrita a causas sobrenaturales; incluso el insomnio era considerado un castigo inflingido por demonios). Más de la mitad de los norteamericanos declaran en las encuestas que “creen” en la existencia del diablo, y el diez por ciento dicen haberse comunicado con él, como Martin Lutero afirmaba que hacía con regularidad. En un “manual de guerra espiritual”, titulado Prepárate para la guerra, Rebecca Brown nos informa de que el aborto y el sexo fuera del matrimonio, “casi siempre resultan en infestación demoníaca”; y que la “música rock no ‘surgió porque sí’, sino que era un plan cuidadosamente elaborado por el propio Satanás.
Se hicieron multitud de ediciones del “Martillo de las Brujas”, cosa muy a tener en cuenta, partiendo de la idea de que entonces se hacían pocas ediciones de libros y que pocos eran los que sabían leer y escribir, a parte de monjes, clérigos y determinados nobles.
En las antiguas Grecia y Roma sólo las prácticas mágicas tendientes a causar daños eran condenadas y castigadas; la hechicería benefactora estaba permitida e incluso oficializada. Había la creencia de que ciertas personas podían dañar a otras en lo económico, lo político, lo atlético y en los empeños amorosos y que incluso podían causar la muerte. Dichas actividades eran patrimonio exclusivo de los dioses, quienes, contrariamente al Dios judeocristiano, no eran solamente buenos sino que estaban sujetos a los mismos impulsos de los seres humanos (y también a la hechicería humana). Ciertas diosas -por ejemplo, Diana, Selene o Hecate – estaban asociadas con la práctica de la magia malevolente, misma que ocurría por la noche de acuerdo con un ritual determinado, con su propia parafernalia y hechizos. Una historia contada por Apolius en el Asno de oro (siglo II, d.C.), que probablemente refleja una creencia popular, se centra en una presunta tendencia de las brujas de Tesalia (una región conocida por sus brujas) a roer los rostros de los hombres muertos; dichas brujas tenían el poder de asumir diversas formas animales para llevar a cabo sus tétricos propósitos.
Entre los pueblos germanos que se extendieron por Europa durante la decadencia y caída del imperio romano, el temor a las brujas también se filtró. Aquí nuevamente los dioses son patrocinadores y practicantes de hechicería, aunque del mismo modo los reyes practican y sufren la brujería malevolente.
Las leyes, tanto civiles como eclesiásticas, contra la práctica y creencias de la brujería se activaron en España y en Galicia a principios de la era cristiana. Carlomagno y otros gobernantes francos condenaron dichas prácticas y creencias como malignas y supersticiosas, por lo que aprobaron leyes más severas, incluyendo la pena de muerte, para castigarlas. Los concilios y líderes eclesiásticos en ocasiones vituperaban la creencia en la brujería, considerándola como mera superstición y alucinación, como una reliquia del paganismo. Sin embargo otras veces declaraban que era una práctica maligna que debía ser suprimida.

Algunas cifras
La mitad de las quemas de brujas se produjeron en los estados alemanes, donde fueron ejecutadas 25.000 personas. Más poniendo el número de ejecuciones en relación con el de habitantes, vemos que Lichtenstein es el lugar donde más cruda fue la persecución: 300 quemas con relación a 3000 habitantes, corresponde a un 10 % de la población.
Según unas fuentes la muerte, en ejecución pública, de la primera bruja se produjo durante el año 1274, en Toulon (Francia). Es el primer caso documentado que la inexorable y cruenta Inquisición. Se llamaba Angele, una pobre mujer, viuda y sin fortuna, de mas de cincuenta años, que fue acusada de tener relaciones de todo tipo con el mismísimo Satanás.
Las relaciones más escabrosas, diabólicas y satánicas están detalladas en los libros, y fueron de carácter sexual, tuvieron como consecuencia el nacimiento de un niño monstruoso, descrito en los documentos de entonces, relativos al proceso, como un ser vivo híbrido, dotado de una poderosa cabeza de lobo, y largo y escamoso rabo de serpiente. Solo su tronco y extremidades, fueron aparentemente de tipo normal, sus exigencias vitales, llegaban al extremo de necesitar alimentarse con la carne y la sangre de otros niños. La Bruja madre robó y asesinó bebés para dar de comer a su querido engendro, hasta que fue descubierta y procesada.
Estocolmo, 1669, una junta de investigación de Estocolmo (Suecia) sometió a interrogatorio a unos 300 niños pertenecientes a las parroquias de Elfdal y Mora. Situadas en la región de Dalarne, que se encuentra lejana a Estocolmo. Los funcionarios del gobierno condenaron a ser quemadas a unas setenta mujeres acusadas de brujería por niños, como también a 15 de los pequeños delatores a los que se les acusaba de haber acudido en compañía de las supuestas brujas a uno de sus infernales aquelarres. Otros 36 niños de nueve y doce años que fueron acusados del mismo delito, recibieron el horrible castigo de ser azotados durante un año todos los domingos frente a la Iglesia, mientras que los otros infantes más jóvenes aun, fueron solamente azotados en el mismo lugar tres domingos seguidos.
Todas estas ejecuciones tuvieron un reflejo brutal en otros pueblos cercanos y volvieron a producirse más hogueras y más muertes después de juicios descaradamente sumarios y poco serios. El horror de la fiebre de los inquisidores en el norte de Europa se había desatado con saña infernal.
En cuestión se trataba de una serie de supersticiones muy difundidas entre la inmensa mayoría de los pueblos nórdicos, mediante la cual todo el mundo sea cual fuere su clase social, creía en ninfas, duendes, espíritus y hechiceras capaces de levantar tempestades, ganar batallas y conseguir una protección especial llamada “Diabólica” por los Inquisidores.
Hay que decir que sin embargo en los países nórdicos nunca fue tan cruel la persecución a las hechiceras y brujas como en la Europa Central. La documentación correspondiente a la primera parte de la Edad Moderna, es tan abundante, que nos permite con gran seguridad decir cuántas de las quemas de brujas registradas se debieron a la Inquisición.
En España, Portugal e Italia, el Santo Oficio tenía tanto que hacer persiguiendo a judíos, mahometanos y protestantes, que no le quedaba tiempo para perseguir también a las brujas. La revisión sistemática de los archivos inquisitoriales nos demuestra algo muy distinto. Se calculó que la Inquisición en los países católicos del Mediterráneo llevó a cabo entre 10.000 y 12.000 procesos de brujería, que, no obstante, fueron sentenciados con penas menores o absolución.
Las teorías demonológicas no fueron asunto exclusivo de la Teología. Filósofos, matemáticos y físicos debatían seriamente dichas especulaciones en el seno de las universidades europeas más prestigiosas y duró hasta principios del siglo XVIII.
Al principio, España siguió a la zaga de otros países. De 1498 a 1522, el Santo Oficio condenó a once brujas a la hoguera. En 1526, la élite de teólogos española se reunió en Granada para elaborar unas nuevas instrucciones con respecto a la brujería. Dichas instrucciones no tuvieron su igual en otras partes.

a.- Cualquier bruja que voluntariamente confiese y muestre señales de arrepentimiento, será reconciliada sin confiscación de bienes, y recibirá penas salutarias para sus almas.

b.- Nadie será arrestado en base de las confesiones de otras brujas.

c.- Los Jueces averiguarán si las personas por ellos detenidas, ya han sido anteriormente sometidas a tortura por otras justicias.

d.- “ Preguntando a los demás residentes de la casa os enteraréis de si dichas personas, en la noche que aseguran haber asistido a la junta de brujas, realmente se ausentaron de casa, o si, por el contrario, estuvieron en ella toda la noche sin salir ”.

e.- Las instrucciones contenían también un párrafo, según el cual, todos los casos referentes a tan complicada materia, deberían siempre ser remitidos al Inquisidor General y su Consejo.
Con las instrucciones de 1526, se consiguió librar a España de la quema de brujas durante la mayor parte del siglo XVII. Influida por Francia, en 1610, la Inquisición española volvió a introducir en el norte de España la pena de la hoguera. En total 7000 personas fueron acusadas de brujería. Todo ello podría haber terminado en un auténtico holocausto. Más, por suerte, el inquisidor Salazar, encargado de las pesquisas, se había comprometido a conseguir pruebas sobre la existencia de la temida secta diabólica.
En su informe al Inquisidor General, Salazar concluye: “No hubo brujos ni embrujados hasta que se empezó a hablar y escribir de ellos.” Dicha investigación contribuyó a la definitiva abolición de las quemas de brujas en todo el Imperio Español.

Publicado en: en 26/04/2008 a las 5:13 am Comments (1)

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  1. On 13/05/2008 at 9:05 pm Victor Said:

    Wow…
    esta pa informe especial.

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